¿Qué cuentos contaban al calor del fuego los pueblos que vivían más allá de los Urales?

¿Qué relación tenían estos pueblos con los bosques y los animales?

La respuesta a esas y otras preguntas está en la selección de cuentos siberianos traducida al español por Ekaterina Balabonina y Miguel Ángel Julià y que puedes consultar en https://cuentosiberianos.wordpress.com/

¡Buena lectura!

El zorro y el cazador

Érase una vez un jan que era tacaño y malo. La gente sabía que todos los janes eran avaros y malos. Era algo que no le sorprendía a nadie, porque cuanta más riqueza tiene una persona, más malvada y tacaña es. Pero a pesar de ello, el mundo aún no había visto a un jan tan malo malísimo como aquel.

Cada mañana, el jan mandaba a sus siervos a recoger el tributo de cada humilde pueblo.

Los servidores del jan quitaban sus últimos caballos a las familias, se llevaban las únicas vacas que tenían y degollaban a los corderos para preparar su propia cena. Nadie sabía cuánto tiempo iban a durar aquellas injusticias.

Las manadas de caballos del gobernante eran innumerables, los rebaños de vacas y ovejas recorrían las llanuras sin fin, como las nubes el cielo.

Empujados por el hambre, todos los hombres acabaron trabajando como pastores para el jan. Solo Calzán, un viejo cazador que ya casi no cazaba, siguió sin trabajar para el jan. La falta de cazadores en aquellas tierras hizo que los depredadores se multiplicaran en los bosques y cada noche los lobos mataban caballos, vacas y corderos. En esto, además, no estaban solos, ya que los osos también les ayudaban.

El jan se asustó, si las cosas seguían así, perdería todas sus reses. Fue entonces cuando el gobernante declaró frente a todos sus súbditos:

– Aquel que me traiga cinco pieles de oso, diez de lobo y tres de zorro, recibirá mi mejor manada de caballos y el mayor rebaño de corderos.

Al oír las palabras del jan, el viejo cazador Calzán cogió su mosquete y se fue al bosque. Entonces, en un prado pequeño, vio a un zorro y lo encañonó. El animal tuvo miedo y se puso a hablar con voz humana:

– ¡Ay ay ay! No me dispares, valiente cazador. Seré tu amigo, haré todo lo que tú quieras…

Calzán bajó la escopeta:

– ¿Qué puedes hacer?

– Engañaré a todas las fieras por ti.

– ¿Por qué a todas? Necesito solo cinco osos, diez lobos y también… —el cazador no se atrevió a decir que, además, necesitaba tres zorros—.El animal respondió:

– No es nada difícil, ven aquí mañana —y se perdió entre la espesura del bosque—.

Mientras corría por el bosque, se tropezó con un lobo y el lobo le preguntó:

– ¿A dónde vas con tanta prisa? Jadeando, con la lengua al hombro… – ¡Se ha producido una gran desgracia! —exclamó el zorro apenado—.

– ¿Acaso no has oído que después de la orden del jan, todos los cazadores han partido hacia el bosque? Matan a todos los que comen carne. Cazan lobos, osos y ni siquiera se apiadan de nosotros, los zorros. Por eso ahora estoy huyendo de ellos a la montaña inalcanzable de la Salvación.

– ¿Está lejos esa montaña de la Salvación? —preguntó el lobo—.

– No, está cerca, pero hay que conocer el camino que conduce hasta allí —respondió el zorro—.

– Llévame contigo…

– ¿Cómo puedo llevarte solo? Reúne a una decena de lobos y unos cinco osos, entonces puedo gastar un día en llevaros a la montaña.

Cuando oyó esto, el lobo se fue a reunir a todas fieras y el zorro se tumbó debajo de un viejo pino y se echó a dormir.

A la mañana siguiente, los osos y los lobos habían llegado al prado y el astuto zorro les dijo que los llevaría a la montaña de la Salvación, pero que nadie podía saber el camino, así que todos tenían que cerrar los ojos durante la travesía.

Los animales obedecieron y formaron una fila, uno al lado del otro. Entonces, el zorro les ordenó:

– ¡Adelante!

Todas las fieras, con los ojos cerrados, empezaron a caminar.El líder, dio después una nueva orden:

– ¡A la izquierda! ¡Adelante!

Los osos y los lobos siguieron el camino sin ver absolutamente nada delante de ellos, pero el zorro los tranquilizó:

– Ya estamos cerca de la montaña de la Salvación… Aquellas palabras animaron a los animales y se dieron todavía más prisa. El zorro, otra vez, les dijo que giraran a la izquierda y les ordenó detenerse:

– Ahora, a mi orden, todos vais a saltar a la montaña de la Salvación. Pero, esto es importante, intentad saltar lo más lejos posible para conseguir llegar hasta la montaña —y empezó a contar

— Uno, dos… ¡tres!

Entonces, todas las fieras saltaron tan lejos como pudieron. Saltaron y saltaron y… se cayeron por un barranco.

Arriba, en el desfiladero, solo quedó el zorro, riéndose a carcajadas.

Tal y como habían acordado, el cazador rodeó la montaña y en el barranco vio a todos los animales muertos. Los despellejó y acudió frente al jan, seguido por el zorro.

El jan cogió entonces los pellejos y echó a Calzán fuera de su yurta, además de amenazarlo con cortarle la cabeza. El zorro estuvo en todo momento fuera de la tienda y lo escuchó todo.

– Nos vengaremos por esto —le dijo al cazador—. Ponte a la derecha de la entrada y yo me esconderé a la izquierda.

Y así lo hicieron.

El jan no tardó en emborracharse y por la noche salió de su yurta tambaleándose. En aquel momento, el zorro le saltó en el pecho y le mordió con fuerza en el cuello, entonces, el cazador, le dio un golpe en la nuca y el jan se desplomó sin aliento.

Una vez muerto el jan, el pueblo recuperó los caballos y corderos robados por sus secuaces y el cazador Calzán y el zorro vivieron como amigos, cazaron juntos y se repartieron la carne a partes iguales.

 

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Cuento del pueblo Tuvino Traducción de Ekaterina Balabonina y Miguel Ángel Julià

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